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viernes, 22 de septiembre de 2017

Tú.

Y siempre apareces de nuevo, rompiendo todos y cada uno de los muros que tanto tiempo me llevo construir, para seguramente tener que volver a construirlos cuando te vayas. Y sé que hay más peces en el mar pero yo quiero nadar junto a ti, aunque sea contra mi propia corriente, muchas veces.

Siempre me llego a plantear si esto de verdad merece la pena, si después de tantas lágrimas, enfados, idas y venidas... todo esto llevará a algún sitio, y justo en el momento en que digo que ni una vez más aparece por mi mente tus ojos, tu sonrisa de niño pequeño, en fin, apareces tú, con tus piques, con tus besos, con todo eso que me hace levitar por unos segundos los pies de la tierra, que me hacen quererte más a cada momento. Es algo que solo tu y yo compartimos y parece tan... mágico, sí, a pesar de los demonios y nuestros infiernos. 

Que después de este tiempo he aprendido a sobrevivir en cada golpe, me ha dado tiempo a contarte las pestañas y a decidir que nunca dejaré que ninguna injusticia te arañé, porque con el paso de los años te he visto de muchas maneras, todas diferentes, y mi favorita es con tu sonrisa a un centímetro de la mía. 

Aunque sé de la existencia de tu paso por otras vidas, conseguiré la clave para que te quedes siempre en la mía y no precises de otros labios que te digan un `me gustas´ por dos besos, porque si nos vieran, nosotros seríamos la revolución a la que ellos temen.  

Porque el frío del invierno empieza a cobrar sentido cuando tú me abrazas.